:

Toda la tinta de mi sangre la tiene esta parte del año, el tenue frío de Otoño y sus cielos grises… ya se siente en mi alma el álgido palpitar de la nostalgia, de esos amores taciturnos que pintan de añiles a mis hojas blancas… ¡y qué delicadamente dulce es atravesar esta estación con las manos impregnadas de triste brisa! Mi alma canta mientras me nubla la vista, y soy dichoso… porque es la mejor época de mi vida.

:

¡Que no me roben el instante de mirarte con las nubes de Octubre haciendo nido en tus ojos, que no me quiten las ganas de tocarte con las manos trémulas de gozo, porque en ti he encontrado la vida, mi sustento y mi reposo!

:

Otoño, llegas sembrando gotas de desesperación en las almas ya de por si atribuladas por la congoja del presente. Tanta incertidumbre mata a quienes necesitan de una certeza, al menos, grata. Pero, ambos sabemos que no hay seguridad en el futuro, que entregarnos a la clarividencia nos calmará los pesares del momento con el iluso placebo de un porvenir inexistente.

Dentro

Tras la plancha de metal, quince centímetros de grosor, tengo una indefinida sensación de seguridad. Afuera todo son gritos, decreciendo según pasan los minutos. Algún llanto ocasional, llamadas de auxilio y, sobre todo, el desagradable sonido de la salivación mientras se mastica. Ignoro cuántos quedaremos sanos, limpios, inmaculados o como a bien tengan llamarnos.
Sí estoy seguro de que, en mi grupo, apenas salimos doce. Por el camino, siete sufrieron infecciones varias por dentelladas y arañazos. Tres tropezaron entre sí, quedando a merced de las criaturas, otrora compañeros, que necesitaban transmitir la virulencia. Quedábamos Molina y yo. En un arrebato de heroicidad, viéndonos completamente cercados, me empujó al búnker interponiendo su cuerpo lacerado entre la puerta y la plaga atrancando la gran plancha de metal.
Estoy orgulloso de él, ¡cómo no estarlo! ¿Hubiera hecho yo lo mismo? A saber. Ahora no puedo pensar en eso, tan solo en contar los gritos que quedan para que todo acabe. ¿Cuánto durarán las criaturas? ¿Cómo será el mundo cuando vuelva a atravesar la plancha de metal? ¿Cómo podré abrirla? Me consuelo esperando que quien la construyera hubiera tenido en cuenta cualquier contratiempo.
Oigo ruidos, ¿se ha caído una de las estanterías de víveres? No, son pasos. Pero es imposible: estoy solo en el búnker, nadie entró conmigo y fui yo quien lo abrió, cerró Molina. Espera, ¿qué hay en la puerta? Mejor comprobar que cierra. Mierda; está atrancada, sí… pero por dentro.

:

Estaba en un bosque desolado, era de noche y sólo alumbraba mi pasar la luz de la luna. La única melodía que se escuchaba era la de mis pasos descalzos y la agitación de mi respiración luego de tanto andar. La desesperación penetraba en mi alma y hacía bombear mi corazón a la velocidad del viento que erizaba mi piel. Una mano que quemaba tocó mi espalda y escuché un susurro tan lejano que no logré comprender. Sentí un dolor desgarrador y de pronto vi mi habitación. Desperté con una frase tatuada en mi piel: “No despertarás jamás”.

Amnesia

“Wiaun sethgre hausiolok”.
Sólo con recordarlas me duele la cabeza, pero no consigo precisar para qué eran. Hace demasiado tiempo, y he mezclado recuerdos con pesadillas… Aunque, sí, eran ESAS palabras. Espero que no las hayas pronunciado bien, lector, y si lo has hecho, no mires hacia atrás.

:

Era la noche del día de muertos, por irónico que eso suene.
El pueblo estaba tranquilo, engullido por la oscuridad.
A lo lejos, un trote de caballos resonaba como aguacero, erizando todo aquel que lo escuchaba.
Todos los presentes tragamos saliva, observando llegar jinetes negros que se detenían entre nosotros. Se trataba de mujeres de manos huesudas y con el rostro cubierto por un capucha.
Sus voces roncas, estridentes y sensuales empezaron a pronunciar nombres. Poco a poco, observé cómo los subían a los caballos, temblando de excitación.
Nuevamente no me llevaron.
Sólo me quedé mirando cómo transportaban a todos a visitar a sus familias.
—Tal vez el próximo año, me dije.

:

Mi papá está muy bien en su cuarto. Yo cuidaré de él, soy el único que puede hacerlo. Todos los días le pregunto cómo está, y aunque él no me responde, yo me la paso preparándole café, incluso si no se lo toma.
La casa se ha llenado de moscas, y una fuerte pestilencia se ha apoderado del lugar. He cerrado las cortinas, porque seguro eso es lo que él quería. Además, no necesitamos curiosos asomándose.
Aquí estamos bien, somos felices aunque no hablemos.
He tocado la puerta de su habitación toda la semana, pero él se niega a abrirme.
—¡Papá, déjame verte! —le digo pero recibo respuesta.
Así que, sin otra opción, he hecho un agujero en el centro de la puerta para poder verlo, y desde ahí le sonrío.
Él, sin embargo, sólo presta atención a mi cuerpo descompuesto y rodeado de moscas.

La esquina

Apago la luz y lo noto en la esquina de mi habitación. Impasible. Enfermizo. Sus ojos clavados en mí y su boca entreabierta. No sé qué quiere, soy incapaz de hablarle. Me giro y rezo por que se marche. Nunca lo hace. Y cada día se acerca un paso más.

Las Brujas

Era más de medianoche, caminaba de regreso a casa acompañado de mi madre, una lechuza nos sobrevoló soltando graznidos, mi madre se persignó y bajó la mirada.
—Es solo un animal—, dije con tono escéptico.
—¡No la mires!—, contestó ella sin levantar la cabeza.
—Está en el árbol—, sin reparar lo que hablaba levanté la mirada y la vi, la mujer enfundada en prendas blancas escondida entre las copas de los árboles, llevaba el cabello tan largo y negro que se mecía a merced del viento, comenzó a graznar y salió volando.
—¡Baja la cabeza!—, ordenó mi madre.
—Tiene hambre.